Mi Testimonio

por Pastor Ernest O’Neill

Es bueno que cada uno de nosotros comparta nuestro testimonio de vez en cuando, y aunque han soportado el mio antes, pienso que debo compartirlo hoy.

Nací en Belfast, Irlanda, hace unos 46 años en un hogar de clase obrera. Mi padre trabajaba en el astillero en Belfast y tuvimos dinero suficiente pero no mucho más que suficiente. Asistía yo la iglesia local metodista que era más o menos evangélica, y no muy pequeña. Belfast es una ciudad con una población de un medio millón de personas. Mientras yo crecía, empecé a asistir la escuela dominical desde la edad de cinco o seis años y siempre tenía una gran fé en Dios y siempre oraba a El. Usted sabe, las tres oraciones que todo el mundo reza: “Padre nuestro”, “Bendice a mamá y a papá,” y el “Jesús, tierno y humilde.” Siempre rezaba esas oraciones, sobre todo durante los años de la guerra entre 1939 y 1945. El astillero era un objetivo de los bombarderos Alemanes y por eso mi papá iba al astillero para ver cómo andaban las cosas, y, por supuesto, estaba muy consciente de que sólo Dios le podía proteger. Yo sí creía en Dios en aquellos años tempranos.

Cuando tenía trece años, teníamos un maestro de la escuela dominical a quien hubiera yo en ese entonces considerado como un viejo fundamentalista medio loco, pero lo bello era que él creía la Palabra de Dios. Un domingo por la tarde nos contó acerca del lago de fuego, lo cual era la primera vez que yo había oído hablar de él. Dijo que al final de esta vida esperaba un infierno o una oscuridad alejada, un lugar grande y vacío donde no había vida. Por supuesto, lo presentó él tal y como se presenta en Apocalipsis, como un lago de fuego donde se quema uno eternalmente en su propio egoísmo y lo que ha llegado a ser. Eso sí que me espantó. Él usaba los versículos “Por cuanto todos pecaron, y están distituídos de la gloria de Dios” y “…la paga del pecado es muerte.” No sé si me sentí de veras pecador pero sí encontraba que sería sabio y prudente estar del mismo lado que el dueño del lago de fuego. Así que me quedé después de la clase y oré y recibí lo mejor que pude a Jesús como Salvador de mi vida—aunque no captaba muy bien lo que significaba “Salvador”. En realidad, no me gustaba mucho el término. No me gustaba la idea que Jesús era mi Salvador, pero sí me gustaba la idea de El como mi ayudador y mi guía.

Desde la edad de 13 hasta los 17 años, cuando empecé a asistir la universidad, esa era mi situación. Diría que era creyente a la manera que Jesús describe, “Hay creyentes pero en realidad no hacen lo que les mando; ellos nada más mantienen las doctrinas correctas.” Si usted me había preguntado, “¿Crees que Jesús es el Salvador del mundo?” yo le habría respondido, “Sí.” Si me había preguntado, “¿Crees que Jesús es tu Salvador?” habría entendido que usted quería que yo dijera, “Sí” y por eso habría respondido en lo afirmativo, pero no me gustó la idea de tener necesidad de ser salvo por alguien.

A los 17 años empecé a enfrentar la miseria de la lucha contra apetitos sexuales—un poder que no podía controlar y un poder que me hacía sentir sucio a veces. A través de eso, creo que Dios empezó a mostrarme otras cosas en mi vida que no estaban de acuerdo con la obediencia a El y que eran en realidad pecado. Comenzé a entender el significado de “Por cuanto todos pecaron, y están destituídos de la gloria de Dios” y “…la paga del pecado es muerte.” Ya había empezado a examinar las razones para creer en Dios y para creer la Biblia así que creía que esas cosas eran ciertas. Empecé a ver que iba hacía una muerte eterna porque mi vida estaba llena de cosas que eran deshonestas. Contaba una mentira cuando me convenía, trataba con crueldad a mi hermano cuando me convenía, hacía lo que me daba la gana hacer. Vi que hacía cosas que eran desobedientes a Dios día tras día, y empecé a pensar, “Bueno, Jesús tiene que tener un lugar en todo esto de alguna forma”. Fue entonces que conocí a un tipo que me preguntó esa pregunta: “¿Crees que Jesús es el Salvador del mundo?” y dije que sí. El dijo, “¿Crees que El es tu salvador?” y dije, “¿Que murió por me?” y él dijo, “Sí”. Entonces dije, “¡O, sí, sí, lo creo!” pero en realidad no lo creía.

Así que puse fin a mis tiempos de oración ordinarias y empecé—aun que era un miserable protestante—a hacer lo que les enseñan a ustedes mis amados de la iglesia católica: las estaciones de la cruz. No conocía las estaciones de la cruz, pero sí empecé a ver en mi propia mente que de alguna manera, tenía que percibir la realidad de esta muerte que ocurrió en el calvario; que de alguna manera debía entender lo que significaba todo esto. Empecé a pasar mi tiempo de oración pensando en Jesús y su muerte en la cruz. Por supuesto, tenía una mente escéptica y me fue difícil pensar que este hombre había verdaderamente muerto, y luego empecé a pensar, “¿Quiere usted decir que hay un sitio en algún lugar en este mundo, probablemente en la Palestinia, donde su cruz de verdad hizo un hoyo en la tierra?” Trataba yo de comprender esto de una manera intelectual—que este hombre de veras murió en una cruz en la Palestinia. Empecé a imaginar la muerte de Jesús en la cruz. Así hacía yo durante semanas y meses.

Mientras empezaba a adentrarme en aquellos versículos en Isaías que dicen que El fue menospreciado y rechazado por los hombres y que llevó nuestras iniquidades—y entonces empecé a ver las palabras que pronunció en la cruz, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué tú, de todas las personas me has desamparado a mí, de todas las personas?” Empecé a verle hablando a los soldados romanos diciendo, “Padre, perdónales, por que no saben lo que hacen.” Luego era un milagro, supongo, del Espíritu Santo, que sentí que me hablaba directamente a mí a través de los siglos y decía, “Padre, perdónale porque no sabe lo que hace.” Por alguna razón, no sabía por qué El había muerto, ignoraba lo que tenía todo esto que ver con el perdón de mis pecados, pero sí sabía que El había muerto por mí, y que si yo hubiera sido la única persona en todo el mundo, El todavía hubiera muerto por mí. Tuve una gran sensación de que El era mi querido Amigo y Salvador. Diría, amados, que eso fue la experiencia de nacer de nuevo para mí. Se cambió mi corazón por dentro y empecé a querer agradarle y de amarle; empecé a leer la Biblia, orar y entregar mi vida a El más y más. Así que cuando parecía que El estaba dicendo que yo debiera entrar en el ministerio, quise entrar en el ministerio.

No tuvimos mucho dinero en nuestra casa para enviar a la gente al seminario, así que la única manera que jamás podría llegar a la universidad fue por ganar una beca para estudiar y enseñar a la vez. Entonces, eso es lo que hice. A los 17 años recibí una beca para enseñar de la Universidad de Queens en Belfast y estudié Literatura Inglesa. Luego asistí una escuela de entrenamiento para profesores y después regresé a mi antigua secundaria y enseñé Inglés ahí unos dos o tres años. Fue durante el segundo año de la universidad que me parecía que Jesús decía, “Sin embargo, aunque parezca imposible, tú tienes que llegar a ser ministro.” Dije “Sí” a El y comencé a cursar las pruebas de la iglesia metodista. Al mismo tiempo que me gradué de la universidad y la escuela de entrenamiento para profesores, hice una candidatura para el ministerio metodisto. Durante los cinco años siguientes pasé el tiempo en lo que llamamos trabajo de probación en la universidad en Belfast, y luego los tres últimos años asistí el seminario y completé el grado de divinidad.

Durante todo ese tiempo, amados, empecé a estar más y más conciente de que aunque sabía que mis pecados habían sido perdonados, existía una gran lucha dentro de mi. Estaba siempre conciente de la realidad de Romanos 7:15: “Porque lo que hago, no lo entiendo; ni lo que quiero, hago; antes lo que aborrezco, aquello hago.” De eso, sí era conciente. De los primeros días en el ministerio uno está obligado de sonreír—sonreír todo el día. (Hasta tuvimos clases sobre sonreír—no, estoy bromeando, no las tuvimos.) Pero si alguien le critica, hay que sonreír. Si alguien le trata mal, hay que sonreír. Así hacía yo y continuaba haciendolo aun después de ser ordenado.

Fui ordenado en Dublin en 1960. Conocí a mi amada esposa a través de Jesús simplemente haciendonos saber que eramos el uno por el otro, y eso era cosa milagrosa también. Nos casamos y servimos en Donegal por un año. Fue en ese tiempo que sentí que Dios quería que fuéramos a Londres para que pudiera hacer un curso del Antiguo Testamento en la Universidad de Londres, así que fuimos a Londres y pasamos dos años allí. Siempre me preguntaba, ¿Cómo es que Dios obra en los corazones de la gente y cómo mueve a una iglesia a la vida y a una relación dinámica consigo mismo? Así que, cuando una oportunidad se presentó de tomar carga de una iglesia en Londres, de nuevo acepté la responsabilidad de una iglesia y abandoné mis estudios. Servimos en esa iglesia y llegamos al fin de un compromiso de un año. Luego había que decidir si íbamos a regresar a Irlanda o no.

Entonces empecé a preguntar a Dios, “Señor, dónde quieres que vayamos?” y diría que, aunque en mi estado espiritual me faltaba ánimo, Dios siempre le contesta a uno si desea de todo corazón que El conteste y si uno está dispuesto a hacer lo que El le dice, y parece que en cualquier estado que un se encuentre, Dios de alguna forma le tiene compasión. Yo le preguntaba qué quería que hiciéramos y después de días y noches en oración dijo, “Vayan a América del Norte.”  Yo no quería ir a América del Norte porque ellos tenían mucho dinero y creí que si sigue uno a Jesús, no pasa tiempo en lugares donde hay mucho dinero; uno pasa su tiempo donde la gente conoce la pobreza. Así que, me costaba decir, “Sí.”

Pero dije sí y fui a un pastor de una iglesia cercana y le preguntó si conocía a alguien en Norteamérica, y él dijo que concía al obispo del estado de Minnesota quien iba a estar en Londres la semana que entraba. Cenamos entonces con el obispo de Minnesota y luego llegué a América del Norte en 1963. Servíamos en una iglesia Metodista en la ciudad de Minneápolis durante aproximadamente un año y después acepté la carga de pastor asociado en una iglesia del centro de la ciudad por un año. Durante esa época llegué a estar más y más conciente de que no era y lo que un Cristiano debía ser, sobre todo después de conocer a “un hombre de un rostro radiante”. Esa frase es el título de un libro escrito por un hombre que tuvo la misma experiencia. Conocí a un hombre que parecía vivir en la victoria; eso es, parecía vivir por fuera lo que era adentro. Yo no. Podría sonreír si usted criticaba mis sermones pero mis nudillos se pusieron blancos, apretando la silla para que no lanzara yo preguntas sobre cuántas lecciones usted hubiera dado sobre la homilética o la teología. Fue el viejo pretexto, la antigua vida hipócrita.

Era yo libre de los pecados externos, más o menos. No creo que usted hubiera podido señalar con el dedo algo en mi vida pública, mas mi problema era el pecado interior. El enojo nunca se mostraba por fuera, porque se nos enseñó que uno debía tener por lo menos el control tal como Platón y Socrates tuvieron sobre sus vidas exteriores. Fuimos enseñados que la disciplina debía capacitarle a uno de mostrarse cortés con la gente—así que yo sí controlaba esas cosas, pero de dentro hervían cosas poco dignas de una vida cristiana. El rencor levantándose en el interior cuando alguien me criticaba. Pensamientos impuros—de fuera una vida de pureza pero de dentro una vida de impureza. Pensamientos que no debían de estar ahí—no sólo los que aparecían repentinamente en el cerebro y salían sino pensamientos que entretenía yo y los trataba como bienvenidos. Sentí que tenía que haber algo mejor que esto y de veras llegué al punto donde me dije, “Me volveré loco si esto continúa” porque podría estar orando a Jesús y pecando en mis propios pensamientos al mismo tiempo. Sentí que tenía que haber una respuesta.

En una reunión en Minneapolis del norte compartía mi problema y un hombre que estaba sentado allí atrás en el aula explicó que él era misionero en Bolivia y que por años había vivido la misma hipocresía, y que sí había una respuesta. Poco a poco me contó acerca de su propia experiencia y luego me dio unos libros escritos hacía mucho tiempo por obispos metodistas en América. Estos libros explicaban claramente que el problema en mi vida fue que había algo dentro de mi que en realidad nunca había sido cambiado o tocado por Dios. Al principio no lo podía creer porque creí que me había entregado a Jesús y le había recibido en mi corazón. Estos libros decían, “Pide al Espíritu Santo de mostrarte lo que hay adentro.” Se me enseñó en el seminario de creer en el Espíritu Santo, pero pensé que “El” era una fuerza. Hubiera sabido mejor. Sé que El se llama la tercera persona de la Trinidad, pero creí que El era un “ello”—una fuerza o atmósfero que desciende sobre una reunión en ciertos momentos. Estos libros decían, “¡No! El Espíritu Santo es una persona.” Ellos señalaron que Jesús dijo, “Les enviaré al Espíritu Santo. Es provechoso para ustedes que me aparto porque si no me voy el Ayudador no vendrá. Mas cuando me vaya, El les guiará a toda la verdad.” Jesús le llamó el Consejero. Estos libros decían, “Debes pedir al Consejero de mostrarte lo que está dentro de ti que no ha sido tocado por Dios.”

Así hice. Empecé a pedir al Espíritu Santo en mis tiempos de oración de mostrarme lo que estaba dentro de mi que nunca había entregado a Dios. A través de semanas y meses vi cosas que no podía creer. El Espíritu Santo era fiel y le será fiel a usted si está usted dispuesto a mirar. El Espíritu Santo empezó a mostrarme que no eran solamente los pecados exteriores que causaban el problema, sino que había dentro de mi pecado interior que era yo. No lo podía creer. Creía que una emoción pecaminosa era una emoción pecaminosa, o un deseo de pecado era un deseo de pecado, o un acto pecaminoso era un acto pecaminoso, o una palabra pecaminosa era una palabra pecaminosa, pero no podía creer que yo era pecado. Luego empecé a ver versículos tales como Isaías usa donde dice, “Soy hombre de labios impuros.” No sólo “Pronuncio palabras impuras” sino “Soy hombre de labios impuros.”

El Espíritu Santo empezó a mostrarme que cuando me despertaba en la mañana con alabanza en mi boca era orgullo por mis propios conocimientos del Cristianismo y mi habilidad de explicarlo a otros. Entendería “Esto es una calle sin salida. Si soy así de corrupto, no puedo nunca limpiarme a mi mismo. Si soy así de orgulloso, no lo puedo vencer nunca, porque es el yo mismo que es orgulloso.” Entendía el deseo sexual—esa parte quedaba clara y facil de entender; pero no conocía la profundidad de mi egoísmo, la ambición egoísta. No sé qué opinan ustedes los hombres, pero las damas deben de estar orgullosas de su apariencia. Nosotros los hombres debemos estar orgullosos de lo que logramos y siempre llevamos esta carga de lograr algo. Tuve eso: ambición egoísta de tener éxito y de ser famoso. Vi que había tanta suciedad y podredumbre dentro de mi que entendí que no había manera de separarme de ello. Era cierto lo que el Espíritu Santo decía: ¡Yo mismo era pecado!

Amados, llegué a estar totalmente convencido que el problem era yo. Era mi mismo. A pesar de que parecía que yo vivía por Dios, en realidad vivía por mi mismo. No vivía por Dios del todo sino sutilmente vivía para elevevarme y satisfacerme a mi mismo y hacer que otros me estimaran y no para exaltar a Jesús. Poco a poco el Espíritu Santo me iba convenciendo de que no había manera en que yo podía liberarme a mi mismo de esto.

Entonces se me abrió una area de verdad que nunca había visto antes; La ignoraba por completo. Es por eso que la comparto con ustedes, porque era tan completamente nueva para mi. En Irlanda del norte, se nos enseñaba que Jesús murió por ti. Yo siempre estimaba que fue así para que yo no tuviera que morir. Y era un alivio para mi. Pero nunca había oído, aunque lo había leído a menudo en la Biblia, que yo había muerto con Jesús. Ahora dirá usted, “¡Seguro que la gente te lo habían dicho!” A lo mejor sí. Seguro lo leí en algún libro, pero nunca me llegó. Asimismo, no le llegará a usted hasta que se encuentre con una necesidad desesperada de la experiencia. El Espíritu me guió a un capítulo que yo nunca había entendido—Romanos 6. Ahí leí: “¿O no sabéis que todos los que somos bautizados en Cristo Jesús, somos bautizados en su muerte?” Yo siempre leía eso como siendo bautizado en los beneficios de su muerte. Luego empecé a ver que la palabra griega “baptizo” significa ser sumergido, y quiere decir que hemos sido sumergidos en su muerte. Luego leí estas palabras increíbles en el versículo 6: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre juntamente fué crucificado con él, para que el cuerpo del pecado sea deshecho, á fin de que no sirvamos más al pecado.”

Bien, sabía que era yo un esclavo del pecado. Luego vi que mi ser antiguo fue crucificado con Cristo, y no lo podía creer. ¿Cómo era posible que mi antiguo ser fuera crucificado con Cristo cuando lo estaba experimentando ahora mismo? Entonces vi que esto era igual a lo de mis pecados. Mis pecados habían sido llevados por Jesús, pero no me fueran quitados, no me fueran perdonados hasta que lo creyera y estuviera dispuesto a dejarlos. Así que entendí que era lo mismo conmigo mismo. Era crucificado con Cristo pero tendría que soportar al viejo yo en mi propio ser y personalidad hasta que estuviera dispuesto a dejarlo. Entendí que el viejo yo había sido crucificado con Cristo en la eternidad—el yo que era orgulloso y egoísta y lleno de deseo carnal fue en realidad destruido en Jesús, y que ya no existía sino en el engaño en que vivía yo al permitir que su fantasma se quedara y retuviera influencia en mi vida.

Poco a poco, empecé a entender que era verdad: mi antiguo ser había sido crucificado con Cristo. Y en realidad, no había ningún problema en despojarme de él. Dios ya lo había hecho y el Espíritu Santo tomaría las cosas de Jesús y las haría realidad en mi si así lo quisiera. Ahí estaba el grano—si lo quisiera yo. Así que empecé a luchar con que si estuviera realmente dispuesto a vivir ya no para mi sino para Dios. Había dicho a menudo que quería vivir para Dios, mas el Espíritu Santo empezó a señalar las mil y una maneras en que me preocupaba por lo que la gente hacía a mi en vez de lo que hacía a Dios. Las mil y una maneras en que quería que la gente pensara bien de mi, las mil y una maneras en que me enojaba no porque Dios fuera abusado sino porque alguien me opusiera.

El Espíritu Santo me mostró que esto significaba dejar  todas estas cosas, y luego empecé a ver un poquito de la cruz. Muchas veces he compartido con ustedes este asunto del enojo. Nos enojamos porque las cosas no van según nuestras ideas y queremos regresarlas bajo nuestro control, y pensamos que haremos miedosos a los demás con nuestro enojo o mala sangre. Empecé a entender que así era mi vida—siempre preocupado con que si estuviera yo en control o que las cosas procedieran a mi modo. El Espíritu Santo lo trajo más y más al corazón: “¿Estás dispuesto a morir con Jesús a ti mismo y a tu propia satisfacción? ¿Estás dispuesto a vivir sólo para su gloria? Amados, no sé cómo será para ustedes, pero y tenía 30 años, y tenía cantidades de entregas controladas que había sutilmente arreglado en mi vida. Era yo una tierra pisada y dura de rechazo—y resistencia a la voluntad de Dios la cual yo había desarrollado a través de los años. El Espíritu Santo tenía que cavar por todas esas cosas. Habría días en que sí me sentía dispuesto, y el día siguiente me encontraría de nuevo en el enojo, el mal humor y envidia y egoísmo, y sabía que no estaba dispuesto. Estos libros seguían diciendo que cuando llegas al suelo de tu corazón, el Espíritu Santo dará testimonio que estás ahí. Llegaría yo a un lugar donde sentía que estaba ahí, y el día siguiente sabía que no estaba ahí; estaba de nuevo en la vida vieja.

Poco a poco, durante un período de semanas y meses el Espíritu Santo cavó por las capas, por debajo del montón del yo interior, hasta una mañana en Minneapolis del Norte en la residencia del pastor, el Espíritu Santo me puso la pregunta: “¿Estarías dispuesto a no ser nada por la gloria de Jesús?” El yo, por supuesto, aparecía y decía, “A qué serviría eso, ser nada?” Por ese tiempo, había empezado a escuchar al Espíritu Santo por encima del alboroto del yo y El dijo, “Eso no es. ¿Estarías dispuesto a ser nada, a ser un fracaso, a no ser conocido del todo, a quedar desatendido, a ser un fracaso absoluto por el resto de tu vida, si fuera por la gloria de Jesús?” Al fin, susurré, “Sí.”

Amados, creo que eso fue la consagración completa, simplemente presentando mi cuerpo como sacrificio vivo, que es nuestro culto racional. Al final decía, “Señor, viviré por ti solo porque este es el propósito único de nuestras vidas, y que no vale que yo construya un reino pequeño temporal que va a acabar pasados setenta años. Estoy aquí para Tu uso y para lo que quieras.” Fue elevar el centro de mi vida del yo a Dios. Tenía yo una certeza tranquila de que el Espíritu Santo había entrado y limpiado my corazón.

Dios es tan bueno siempre. La próxima mañana, recibí una carta de un colega a quien yo delantaba academicamente en Belfast pero él había concentrado en sacar su doctorado en sicología mientras yo batallaba para entender cómo Dios obraba en las iglesias. Cada vez que recibía una carta de él, pensaba “Yo hubiera hecho eso,” y la antigua envidia aparecía. Recibí esta vez la carta, la abrí y no hubo envidia—¡nada! Eso fue bueno. ¡Así que esto funciona! El Espíritu Santo puede de veras limpiar y llenar el corazón. El puede quitar el egoísmo y odio y rencor y puede traer al corazón amor, gozo, y paz para que salga de adentro. El asunto no es, “¿Pecas?” Estoy seguro que peco cien veces. Antes no podía dejar de pecar a causa del desbarajuste que existía dentro de mi. Ahora si peco es culpa mía—simplemente culpa mía—porque ahora hay el deseo de obedecer a Dios en vez de desobedecerle. Eso es el cambio, amados. No es el asunto de si nunca pecas. La cosa es que estás libre del poder del pecado. Quedas al final libre para no pecar si así escoges. Es natural de obedecer, donde antes era natural de pecar.

Mi vida cambió desde ese entonces. Nunca tenía trastornos hasta entonces, por supuesto. Nunca tenía problemas. Nunca tenía dificultades con la congregación, porque siempre predicaba tan simpáticamente que lograba persuadir a todos. Luego empecé a predicar que el pecado era un problema en nuestras vidas; que no obedecíamos a Dios y que queríamos elevar al yo y no tomar en serio la vida espiritual en lugar de obedecer a Dios. Luego, por supuesto, llegaron los trastornos, pero nunca había experimentado tal gloria hasta entonces. Nunca había tenido tanto lio exterior. Por fin dejé la iglesia metodista, empecé a enseñar en una escuela secundaria llamada Benilde y predicaba en una iglesia presbiteriana en el campus, luchaba por la mayor parte del camino—pero nunca con tal paz en el corazón, nunca tal libertad de conflicto interior.

Quizás un año o dos después hablé en lenguas en mi propio hogar, pero eso no es nada. No se deje llevar por juegos espirituales. No importan. No se deje llevar por lo de demonios y toda esos asuntos. El Espíritu Santo vino a limpiar nuestros corazones y hacernos puros por dentro, y de alguna manera cuando está uno limpiado y con corazón puro, está listo para ser usado por Dios. Amados, hasta entonces, no se molesta Dios por decirles que hacer en sus vidas. Dios no malgasta sus palabras cuando bien sabe que no le pueden oír, o si sí le oyen no le obedecerán. Dios sólo puede decirles qué hacer con sus vidas cuando llegan a este punto—llámenlo lo que quieran. Francamente, hallo que “la plenitud del Espíritu” es la mejor descripción porque, en un sentido, el Espíritu ha entrado en usted cuando nació de Dios pero no le está llenando por completo. Sea que lo llame uno la plenitud del Espíritu, bautismo del Espíritu, corazón limpio, entrega total, o consagración completa, no importa.

El hecho es que la mayoría de nosotros tenemos el mismo índole de experiencia como la tuvo Saúl en el camino a Damasco. Conocimos a Jesús como Salvador y luego hubo una brecha hasta que le conocimos como Señor. Sólo cuando estuvimos listos para conocerle como el Señor de nuestra vida y permitir que El se encargara completamente de nuestras vidas pudo El llenarnos de su Espíritu. Sólo entonces entra en su vida aquel poder—poder para servirle. Les diría yo que Dios nos ha dado una visión bonita. Somos un pueblo privilegiado. No importa si es usted un pequeñito apenas dando sus primeros pasos en el cuerpo de los creyentes; tenemos una visión clara y emocionante. No es una visión que nadie tiene que reducir; es simplemente una visión de tener a 10,000 de nosotros viviendo en ultramar, haciendo nuestros trabajos, involucrados en los negocios o escuelas para Jesús. Cada uno de nosotros puede participar en eso.

Vamos al grano: sería usted un estorbo si no está lleno del Espíritu. Sería simplemente un impedimento hasta que su corazón fuera limpiado. Mas cuando su corazón está limpio y usted ha entrado en la crucifixión con Cristo, Jesús le bautizará con el Espíritu Santo y tendrá usted poder para hacer cosas que no puede hacer ahora. Hasta que sea bautizado con el Espíritu Santo, en realidad tendrá no sólo una vida sin poder en el exterior, sino que tendrá una vida impura y derrotada en el interior.

Ahora, amados, no hay ningún misterio en esto. Usted simplemente empieza a buscarle. La primera cosa que hice yo fue de resolver en mi mente que la Biblia ha prometido esto. La Biblia decía, “Bienaventurados los de limpio corazón porque ellos verán a Dios.” La Biblia promete corazones limpios. Hechos 15:8-9: “Y Dios, que conoce los corazones, les dió testimonio, dándoles el Espíritu Santo también como á nosotros: Y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando con la fe sus corazones.” “Salmo 51:10 Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio; Y renueva un espíritu recto dentro de mí.” La primera cosa es que debe decidir si Dios quiere esto en su vida. La segunda es de buscarlo con todo el corazón y de no tener lástima para el yo ni llorar ni protestar que tiene derecho de pecar ni de justificar su pecado. El asunto es de buscarlo de todo corazón. Dios contestará. Jesús prometió, “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos serán hartos.”

Para los de nosotros que queremos continuar con la antigua medio-vida, donde queremos ser buenos Judíos con los pecados perdonados mas faltando la victoria sobre el pecado, la Biblia no proporciona mucho ánimo. Eso es a usted si escoge esa vida. No sé si es realmente una alternativa. Creo que o va uno a todo dar o nada. Usted tiene que decidir. No importa cuanto tiempo se requiere. No importa aún si se encuentra ahí ahora mismo—pero ¿lo anhelas?

Si me dice, “Bueno, hermano, si va a continuar con esto, tendré que partir.” —bueno, puede usted escoger si quiere salir o no. No tiene que salir. Me parece que lo que Dios quiere es un cuerpo de hermanos y hermanas quienes se aman y que son comprensivos y tiernos los unos con los otros y quienes proporcionan todo el tiempo necesario a los demás para sacar la victoria. Dios quiere un grupo de personas que tiene hambre para esto de todo corazón. No es si se encuentra usted en ello ahora sino que si lo desea. Juan Wesley solía preguntar a los predicadores que hacían candidatura con él, “¿Anhela usted de todo corazón la limpieza y pureza interior?” No decía, “¿Es usted crucificado con Cristo?” sino “¿Anhela esto de todo corazón?” Así le diría yo a usted. ¿Desea esto de todo corazón? Luego está usted bienvenido en la familia, y que busquemos la pureza y limpieza y la plenitud del Espíritu Santo.

Minneapolis, Minnesota, EEUU - 1980

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